domingo, 26 de abril de 2015

Primer beso.

"Entonces me dijo que aún había una última sorpresa, y sacó de la mochila un candado y un par de rotuladores permanentes. Me dijo que había comprado ese candado con la intención de escribir nuestros nombres y engancharlo en algún puente como hacen muchas parejas. Pero me dijo que yo el día anterior le había quitado las ganas de enseñármelo porque al pasar por un puente había visto candados y había dicho algo como: "Muy bonito, pero cuando se peleen a ver como quitan el candado". Yo ni siquiera recordaba haber dicho eso, pero me sentí muy mal por haberle quitado la ilusión sin saberlo. La verdad es que siempre estoy diciendo que no me gustan las cosas románticas, ni las flores, ni los candados, ni gestos de amor... pero no sé por qué digo esas cosas, supongo que es por hacerme la fuerte y la independiente, cuando yo en verdad soy la primera tonta romántica que le gusta ver miles de películas de amor y que un libro no le resulta interesante si no hay al menos una pequeña historia de amor. Cuando me enseñó el candado me di cuenta de la ilusión que realmente me hacía, y de lo que realmente le quería, de lo ciega que he estado todo este tiempo, de lo fría que he sido por no darme cuenta. Entonces lo abracé y volví a sentir esa sensación de cariño y protección. Volví a sentir esa sensación de saber que allí podría haber muerto feliz. El sitio era perfecto, no se veía absolutamente todo el puerto porque había árboles, pero se veían las luces al fondo, la intimidad, el cariño, y es que no se podía pedir más. Entonces mis labios volvieron a hablar solos y le dije: "¿Me das un beso?". Pero la verdad es que me daba miedo, sentía que no iba a saber, que mi nariz era demasiado puntiaguda e iba a chocar con él y no íbamos a llegar... miles de tonterías. Él se acercó a mi mientras me preguntaba "¿Estás segura?", y yo estaba segura, pero me daba verguenza y miedo, y no sabía qué hacer. Me daba miedo sentir directamente el contacto de sus labios, así que empezó a darme besos en la mejilla y se fue acercando poco a poco. Cerré los ojos y empecé a sentir sus labios y fue como... Dios mío, si es que no hay palabras. Era lo que tanto he soñado siempre, lo que tanto he temido, lo que tanta verguenza me ha dado, y estaba pasando, y yo me sentía temblar, pero podría haber muerto ya allí perfectamente. Sentí que movía los labios buscando como morder los míos, y yo estaba sorprendida porque no sabía qué hacer, pensaba que dar besos en los labios era lo mismo que en la cara pero con otro tacto, sin embargo es mucho más, es la sensación de tenerlo tan cerca, de querer comértelo, de sentirlo jugar con tus labios, el acto reflejo de moverlos, de explorarlos... no hay palabras en serio, ¿cómo describir algo tan fuerte? No sé si existe algo mejor en la vida. 

Miramos la hora en el móvil. Eran las 2:47 de la mañana.


“Le susurré “¿estás segura?”, ella susurró un “¡Sí!” que me puso los pelos de punta. “¿Estás segura de verdad?”. Ella respondió de nuevo que sí, de forma incluso más rotunda. Yo ya no aguantaba más la tensión, ella temblaba en mis brazos. Estaba muy nerviosa. La emoción de saber que sí, que me había elegido a mí me hizo sentir el hombre más feliz del mundo. Me alejé un poco de ella para poder contemplar su cara, sus ojos cerrados y su boca medio abierta como esperando a que encajara con la mía. No quise hacerla sufrir más, me acerqué lentamente, mientras ella suspiraba. Puse mi nariz junto a la suya, sentía su respiración en mi boca, cerré los ojos y… me acerqué más. Noté como mis labios y los suyos se fueron poniendo en contacto, tenía unos labios muy suaves y húmedos, eran muy pequeños en principio, y luego los sentí más grandes. Noté que el tiempo alrededor se paraba, que no existía nadie más que nosotros. Poco a poco su boca y la mía se iba acercando más y más. Sentía sus labios al completo tocando los míos. Sentía que su respiración y la mía eran una sola. Sentía sus labios como dos pequeños trocitos de miel dulce y fresca. Sentía que el viento dejaba de correr y que el único aire que se movía era el de nuestra respiración. Sentía que en ese momento éramos un único ser unido por el amor, sentí que no quería perderla nunca, nunca, nunca. Sentí que nada sin ella tenía sentido, que no quería volver a caminar solo por la calle, que no quería volver a salir sin ella, que no quería aprender nada sin ella. Sentía que toda la felicidad que puedo tener en la vida provenía de ella, todas mis primeras veces, todas mis ilusiones, todas mis alegrías, mi casa, mi futuro, mis victorias, mis derrotas, mis hijos, mis fracasos, mi destino…Sentía que ella era mi vida entera y que fuera de ella no había lugar para nada ni nadie más. Sentía que ella me estaba haciendo sentir completo de una manera en la que nunca me había imaginado que podría hacerme sentir nadie. Ella le daba sentido a todo.”

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